El hombre que diseñó España
A los ochenta y nueve años ha muerto José María Cruz Novillo, autor de algunos de los signos más vistos —y menos mirados— de la vida española contemporánea. Su trabajo, omnipresente y casi invisible, plantea una pregunta incómoda sobre qué significa, en realidad, diseñar un país.
Hay un ejercicio que conviene hacer al menos una vez en la vida, y que ahora, con la noticia de su muerte, adquiere de pronto una urgencia melancólica. Consiste en salir a la calle —cualquier calle de cualquier ciudad española— y mirar. Mirar de verdad. El buzón amarillo de la esquina, con su corneta sintetizada hasta la abstracción. La gasolinera del final de la avenida, cuyo logotipo parece, según uno se acerque o se aleje, una llama, una flor o una bandera. El cartel de la comisaría. La cabecera del periódico abandonado en la barra del bar. El billete de mil pesetas con el rostro de Galdós que alguien guarda, casi como reliquia, en un cajón cualquiera. Casi todo eso lo dibujó un mismo hombre. Y casi nadie lo sabía. Cruz Novillo, fallecido a los ochenta y nueve años, pertenecía a una categoría rara de creadores: la de aquellos cuya obra resulta tan ubicua que termina disolviéndose en el aire que respiramos. Nació en Cuenca en 1936 —el año exacto en que el país comenzaba a romperse— y empezó a trabajar como dibujante en la agencia Publicidad Clarín a finales de los años cincuenta, cuando la palabra diseño todavía no significaba demasiado en español. Detrás de aquel oficio elemental había una idea precisa: mirar, sintetizar, ordenar y traducir. Cruz Novillo no se consideraba un artista que se hubiera rebajado al comercio, ni un publicitario con pretensiones culturales. Era, sencillamente, alguien que sabía dibujar lo que las cosas querían decir. Lo resumió mejor que nadie con una imagen que se ha citado infinitas veces, y que sigue siendo el manifiesto más lúcido escrito sobre el oficio en español:
El diseñador es un arquero que lanza la flecha con el propósito de acertar en el centro de la diana; el artista lanza la flecha y, en el lugar donde se ha clavado, pinta la diana.
Esa imagen —el arquero y el pintor, la diana ya dibujada y la diana que aún no existe— condensa una manera de entender la profesión que se aleja por igual del genio bohemio y del operario sumiso. Diseñar, para Cruz Novillo, era apuntar a un blanco que el cliente ya tenía en la cabeza, aunque no supiera cómo llamarlo. El arte, en cambio, era para él lo contrario: el lugar donde uno descubre, después, lo que estaba buscando. Lo formuló de otra manera, todavía más exacta:
Hago diseño con lo que sé y arte con lo que ignoro.
Pocos creadores han sabido decir con tanta limpieza la relación entre certeza y misterio.
Un maestro frente a la cámara
En esta casa lo recordamos, además, con un afecto particular. En 2014, cuando Domestika acababa empezar a publicar sus primeros cursos online, Cruz Novillo aceptó grabar junto a su hijo Pepe un curso titulado Identidad corporativa bi y tridimensional, el número cincuenta de nuestro catálogo y, también por eso, una de las piezas fundacionales del proyecto. Que un señor que llevaba más de medio siglo diseñando la imagen pública de un país se sentara delante de una cámara para explicar, con la misma paciencia con que habría hablado a un becario en su estudio, cómo se aboceta un isotipo, cómo se introduce un nombre en un imagotipo, por qué importa el negativo, cómo se redacta un manual de normas o cómo se presenta un trabajo a un cliente, no era un favor menor. Era, sencillamente, un acto de generosidad pedagógica. Más de tres mil estudiantes en una decena de idiomas han pasado por aquellas trece lecciones, en las que el maestro repetía, con la insistencia de quien sabe que ahí está la clave del oficio, una idea aparentemente sencilla y a la vez decisiva:
El dibujo es una herramienta para el diseñador que siempre es posterior al pensamiento.
Esa frase resume, mejor que cualquier biografía, lo que separó siempre su trabajo del simple gesto gráfico. Antes de tomar el rotulador, pensar. Antes de pensar, mirar. Quienes hicieron aquel curso no aprendieron solo a diseñar una marca: aprendieron a dudar antes de dibujar.
Una lista que es también un país
Lo que dibujó, en seis décadas largas de trabajo, es difícil de enumerar sin caer en la lista de la compra. Correos, en 1977, recibido el encargo del Estado en plena reforma postal. El puño y la rosa del PSOE, también en 1977, en una reformulación de un emblema que circulaba ya por la socialdemocracia europea. Los billetes de la última peseta, que su estudio recibió por encargo del Banco de España en 1978 y que, emitidos a partir de 1982, acompañaron a varias generaciones hasta la llegada del euro. En sus reversos aparecían Galdós, Rosalía de Castro, Juan Ramón Jiménez, Leopoldo Alas Clarín. Repsol. La Policía Nacional. El Mundo. Diario 16. El Economista. La COPE. Renfe. Endesa. Banco Pastor. El Tesoro Público. La Fundación ONCE. La bandera y el escudo de la Comunidad de Madrid, codiseñados con Santiago Amón. Si uno pidiera a un visitante extranjero que dibujara, de memoria, su impresión visual de España, lo más probable es que terminara reproduciendo, sin saberlo, fragmentos de la obra de un señor de Cuenca.
Su método, si es que así puede llamarse, se apoyaba en una geometría implacable y en una economía formal que confundía a quienes la tomaban por simplicidad. No lo era. Cruz Novillo trabajaba el positivo y el negativo como otros trabajan el barro, sabiendo que un signo público debe sobrevivir a la luz, a la lluvia, a la mala impresión, al desgaste de las décadas y, sobre todo, al cansancio del ojo. Sus marcas no buscaban encantar; buscaban quedarse. Él mismo lo dijo con una claridad que parece un titular:
La mayor cualidad del diseño es la significancia y el mayor defecto es ser insignificante.
La corneta amarilla de Correos, dibujada en 1977, parece haber estado siempre ahí, como un accidente geográfico.
Esa permanencia no es casual. Cruz Novillo trabajó en el momento exacto en que España necesitaba mirarse de otra manera. Cuando dejó Clarín y montó su propio estudio, en 1965, el país arrastraba todavía una iconografía oficial que olía a sotana y a NO-DO. Cuando la Transición empezó a producir instituciones nuevas —partidos legalizados, empresas reorganizadas, ministerios que cambiaban de nombre dos veces al año— alguien tenía que darles cara. Cruz Novillo se la dio a una buena parte de ellas. No fue un encargo ideológico, sino algo más raro y más interesante: un encargo de claridad. La España democrática necesitaba ser legible, y él la hizo legible.
El cartel como autobiografía
Reducirlo, sin embargo, al diseñador de los grandes logotipos sería confundir la parte con el todo. Cruz Novillo fue también un autor de carteles de cine al que la historia del cartelismo español tendrá que volver con calma. Suyos son los carteles de El espíritu de la colmena, El sur, La escopeta nacional, Deprisa, deprisa, Pascual Duarte, El año de las luces, Barrio o Los lunes al sol, piezas en las que comprimía una película entera —su tono, su tristeza, su geografía moral— en una sola imagen. Muchos de esos encargos llegaron de la mano del productor Elías Querejeta, en una de esas alianzas profesionales discretas que terminan modelando la imaginación colectiva de un país. Si uno los pone en hilera, descubre algo curioso: cuentan, cada uno a su manera, la misma historia que sus logotipos. La de un país aprendiendo a representarse a sí mismo.
Y luego estaba el otro Cruz Novillo, el menos visible, el que no aparece en los manuales ni en los buzones: el pintor, el escultor, el grabador, el investigador obsesivo del color, el sonido y el tiempo. Desde los años noventa desarrolló una serie de obras que llamó cronocromofónicas, en las que cruzaba duración, color y música con una ambición que rozaba lo desmesurado. La más célebre, Diafragma dodecafónico 8.916.100.448.256, opus 14, se estrenó en ARCO el 17 de febrero de 2010, a las doce del mediodía. Su duración exacta es de 3.392.732 años, 102 días, 4 horas, 48 minutos y 21 segundos, durante los cuales se generan casi nueve billones de obras únicas a partir de la combinación de doce colores, doce sonidos y doce fragmentos de tiempo. La pieza no podrá ser vista en su totalidad por nadie. Su clausura está prevista para el 12 de enero del año 3.394.743 y, según escribió el propio autor con el humor exacto que lo caracterizaba, se servirá un cóctel. Hay algo profundamente cruznovillesco en esa idea. La paciencia de quien se sabe pasajero diseñando para lo que permanece, sin renunciar a la broma.
Un epitafio dibujado
Los reconocimientos llegaron, como suelen llegar a los maestros que se han quedado quietos mientras la moda iba y venía: Premio Laus en 1978, Premio Nacional de Diseño en 1997, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2012, Premio Gràffica en 2017, Cartero Honorario de Correos en 2019 —distinción que solo se ha concedido seis veces en trescientos años, y que comparte con la reina Sofía y con Camilo José Cela— y Laus de Honor en 2023. En 2019, el documental El hombre que diseñó España, dirigido por Andrea G. Bermejo y Miguel Larraya, puso por fin un rostro al autor de tantos signos anónimos. El título, que algunos pudieron tomar por hipérbole, era en realidad descriptivo. Cruz Novillo no diseñó España en sentido figurado. La diseñó.
Él nunca tuvo dudas sobre lo que había hecho con su vida, y lo dijo con una contundencia desarmante:
Soy un diseñador de raza. Mi biografía es la biografía de mi obra.
Quizá esto sea, al final, lo que distingue a un gran diseñador de un buen diseñador: la capacidad de desaparecer dentro del propio trabajo. La marca lograda no se firma, se confunde con el mundo. Cuando un país adopta un logotipo y, dos generaciones después, ya nadie recuerda que ese logotipo fue hecho —que alguien lo pensó, lo tachó, lo rehízo, lo defendió en una reunión, lo entregó un viernes por la tarde—, entonces el diseño ha alcanzado su forma más pura, que es también la más ingrata. La de la evidencia. A los estudiantes de diseño les conviene, hoy más que nunca, recordar el caso de Cruz Novillo. En una época que confunde la identidad visual con el espectáculo, que cambia logotipos cada dieciocho meses como si fueran camisetas y que mide el éxito en likes y en piezas para portafolio, su obra propone un programa casi subversivo: hacer cosas para que duren. Trabajar para que la gente no tenga que pensar en lo que has hecho. Renunciar a la firma a cambio de la utilidad. Confiar en que la geometría y el silencio acaban ganando, incluso cuando nadie aplaude.
Esta tarde, en algún punto de España, alguien echará una carta al buzón sin saber que el dibujo que tiene delante lo hizo, hace casi medio siglo, un hombre de Cuenca que acaba de morir. Esa indiferencia no es un fracaso. Es, posiblemente, su mejor epitafio.
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